La forma del agua quieta parte de la relación entre jardín, fuente y cerámica como dispositivos para contener y dar cuerpo a materias inestables. Vasijas realizadas con arcillas locales y rocas recolectadas en el territorio conforman una serie de instalaciones de agua que intervienen los patios de la galería.
La propuesta nace de una contradicción: aquello que percibimos como inmóvil está atravesado por procesos continuos de transformación. El agua nunca permanece quieta; sedimenta, evapora, erosiona y circula incluso cuando parece detenida. Frente a la imagen apaciguada del jardín ornamental, la exposición revela ritmos lentos y casi imperceptibles, compartidos por el agua y la práctica cerámica.
Las ruinas y las piezas dialogan simbióticamente con los árboles de los patios: los contienen, bordean o señalan y, al mismo tiempo, construyen con ellos una relación estética. Arcilla, piedra, porcelana, metal y esmalte conservan las marcas del fuego y del territorio, mientras el agua reactiva las obras y las mantiene abiertas al tiempo.